La educación primaria es la etapa más larga en la educación
de cualquier niño. Seis años: desde que tienes cuatro años, donde eres prácticamente
un niño recién sacado de parvulitos; hasta que tienes diez y estas a punto de
entrar en el "serious business", la ESO. Y, quizás por ser la más
larga o por la etapa que cubre de tu infancia; es en la que se encargan de
inculcarte la base de absolutamente todo, desde las operaciones matemáticas más
básicas hasta obligarte a escribir como una persona normal y no como un
habitante de una tribu de la África profunda. Esto, obviamente, no es un
proceso rápido. Básicamente, en los años impares introducen los grandes bloques
de nueva información y en los pares los asientan con firmeza en tu cerebro. Por
eso se comienza a multiplicar en tercero y a dar historia en quinto; para luego
aprender a dividir en cuarto (una continuación de la multiplicación, al fin y
al cabo) y recibir lecciones de historia de España, bastante más concreta.
Además, es la etapa en la que los niños más crecen. En primaria jamás bajé del
top 3 de chicos altos en mi clase; cuando en la ESO me he quedado completamente
estancado.
Opino que primaria es el sitio de las primeras veces. La
primera vez que te enfrentas a deberes, a un examen, a una excursión seria o a
un viaje de estudios, es aquí; y aunque
es cierto que no son ni una décima parte de lo que en un futuro serán, son una
buena base. Te enteras de que no todo se soluciona leyéndotelo la noche de
antes o de que tienes que pensar lo que haces si no quieres cagarla con más
frecuencia de la habitual. Y esas son unas lecciones clave.
Pero, pese a todo esto, eres un niño. Un niño que apenas
tiene obligaciones; pero lo compensa con unas ganas de hacer cosas y pasárselo
bien increíbles. Y, quizás por eso, es una etapa tan genial de la vida.
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