Recuerdo mi primer día de colegio como si fuera ayer. Era
una fría mañana de septiembre, y mis padres me habían sacado de casa a las
ocho, una hora a la que para nada estaba acostumbrado. Y, quizás por instinto,
lloraba como me estuviesen arrancando un pie mientras el coche hacia el poco
camino que separaba mi antigua casa, en Atocha, hasta el centro de Los
Lapazares. Si bien había ido a El Chovo, la guardería, mis padres no tardaron
en sacarme porque tenía una extraña tendencia a contraer enfermedades. Pero ya
no tenía escape.
Aunque recuerdo esos momentos previos a entrar al colegio,
recuerdo a la multitud de chiquillos en esa calle y el frío que hacía, soy
incapaz de recordar lo que vino después. Casi todo lo que recuerdo de ese
tiempo son momentos fugaces y detenidos en el tiempo, así como varias anécdotas.
Tampoco recuerdo con claridad cuando conocí a muchos de los que serían mis
compañeros durante mucho tiempo. Pero si recuerdo el patio y su arena, que
siempre estaba presente en las zapatos, recuerdo que cada mesa tenía el nombre
de un animal y yo siempre estaba en la del pez, recuerdo cuando le rompí un
libro a Diego, recuerdo cuando dos compañeros tiraron, cada uno de un brazo, de
mí, para que les prestase atención, y al final me castigaron a mí todo el día.
Y recuerdo que esa etapa de mi vida fue bastante lenta, o por lo menos eso me
parece en comparación con la actual, en la que, literalmente, el tiempo
vuela. No siento sino añoranza a esos
días, carentes de preocupaciones, en los que no existían ni deberes, ni
exámenes, ni ningún problema al que no encontrara una solución fácil tan solo
reflexionando un poco.
Fueron dos años los que pasé en Los Lapazares, el primero en
la planta de abajo y el segundo en la de arriba. Al tercer año nos trajeron al
Mater, el colegio en el que estoy cursando mi último año; y básicamente, uno de
los sitios en los que más tiempo he pasado en toda mi vida. Posiblemente el que
más, pues he cambiado de casa, y ni de pequeño ni ahora paso mucho tiempo en
ella. El cambio fue bastante impactante, pues pasamos de movernos en un entorno
cómodo y seguro, con un sitio conocido y solo compañeros de mi edad, a
compartir un sitio con chicos y chicas de hasta diez u once años de diferencia;
pero la verdad es que no supuso en ninguno de nosotros un impacto muy grande.
Y, poco a poco, fue acabando nuestra educación primaria, y nos preparábamos
para la etapa más larga en la educación de un niño.
Aunque no he sido capaz de encontrar un video de alguna de nuestras actuaciones, si he conseguido una de alguna generación anterior o posterior

No hay comentarios:
Publicar un comentario