Este año, 4º, hemos hecho un viaje de fin de curso (al final
del segundo trimestre) a ese bello país que es Cataluña. Fue una aventura
peligrosa y llena de peligros peligrosos, pero hicimos grandes amigos como
Jordi Garceta o DJ Mierdaseca que nos ayudaron a superar los peligros
peligrosos.
El primer día, Rafa llegó tarde diez horas y por su culpa
llegamos tarde diez horas. Fue un duro golpe, pero nos repusimos cuando
fuimos a comer en un sitio donde vendían croquetas a 1,15 la unidad.
Finalmente, pasamos por el paso fronterizo y entramos a Cataluña. Llegamos al
hotel, donde nos recibieron cálidamente 0 personas y un par de carteles en
ruso. Ese día nos dimos cuenta de que el buffet era maravilloso (nótese ironía)
y de que el espejo de la habitación del GS se podía descolgar pero no colgar.
El segundo día conocimos a una gran persona llamada Jordi
Garceta. Jordi era el pequeño de una familia de cormoranes que nació en el
nacimiento del Ebro, y un día siguió la corriente y llegó al delta, donde le
contrataron y le entrenaron durante años en el noble arte de ver garcetas por
un telescopio. Rápidamente nos dimos cuenta de que era una bellísima persona y
aprendimos mucho sobre las garcetas. Aunque por la tarde, despedirnos de él fue
un duro golpe, pero se nos olvidó cuando volvimos a cenar en ese maravilloso
buffet.
El tercer día fuimos a Barcelona, capital del país de
Cataluña. Al llegar nos metieron en un simulador 3D sobre Gaudí que nos enseñó no se debe
mezclar arquitectura y dragones porque salen edificios muy peligrosos, pero en
el fondo era un buen hombre hasta que le atropelló un tranvía y le llevaron a
un hospital de pobres y se murió. Luego, el GS consiguió la tercera máscara,
que posteriormente se usará para defenderse de los vascos malos que asolaron el
hotel. Además, ese día Velas nos enseñó
su ancestral técnica mediante la cual su cresta desafía las leyes de la
gravedad.
El cuarto día fuimos a Port Aventura, donde aprendí que
nunca te has gastado el dinero suficiente. Fue un día genial porque los rojos
leninistas ganamos a los capitalistas en una carrera al Stampid y Velas se
gastó diez millones de euros para conseguirle un peluche a la pobre Amanda. Nos
montamos en el Shambala, que me hizo reflexionar sobre lo empinada que puede
ser una cuesta sin dejar de ser legal.
El último día, llegué al baño de mi habitación y descubrí
que la nevera había adquirido vida propia y había decidido mudarse, pues su
anterior casa al lado de la terraza sin sillas no le parecía lo suficientemente
buena. Fue un día triste, sobre todo porque comimos en un restaurante bastante
malo, pero estuvo guay.
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